Yo maté a Ciro
Por: Héctor Huerto Vizcarra[1]

- Rosario y Ciro antes de la tragedia
Pareciera ser, por momentos, que el país contiene el aliento cuando nuevos descubrimientos remecen la trágica historia de Ciro Castillo y Rosario Ponce. El cuerpo de Ciro es actualmente el fetiche de moda de la prensa peruana. Titulares, fotos en las portadas de los principales diarios y miles de comentarios en las distintas redes sociales lo confirman. Pero todos ellos se equivocan, yo maté a Ciro Castillo.
Efectivamente, provoqué su muerte intencionalmente y no solo la de él sino también de muchos otros Ciros que aparecerán en un futuro. Lo hice adrede sin importarme los sentimientos de sus seres más queridos. Sin pensar siquiera en las consecuencias. Lo único que deseaba era satisfacer mi morbo a toda costa, gozar con el dolor ajeno y quién sabe, hasta reírme un poco de todo eso.
En una sociedad en donde la privacidad no existe, en donde Magaly es un ícono de la televisión peruana más vista, esto no debería extrañarnos. Aquí no se trata de buenos o malos, ni siquiera de culpables o inocentes. De lo que se trata es de vender desgracias, sobre todo de personajes anónimos y relativamente marginales. Si no pregúntenle a Magaly el porqué no se mete con la vida personal de los congresistas. Estoy seguro que podría ser más interesante que la de los propios futbolistas.
Nos gusta juzgar porque somos incapaces de mirarnos a nosotros mismos. Tenemos errores e, incluso, nuestras propias desgracias, pero las ajenas nos sirven para olvidarnos de todo ello. Preferimos tirar la piedra a la primera persona vulnerable que encontramos a mano. Es una forma bastante cruel para sentirnos a gusto con nosotros mismos, a la vez que fingimos no darnos cuenta de la mediocridad rampante que nos rodea.
Yo maté a Ciro Castillo en la misma medida en que ustedes también lo hicieron. Y lo seguiremos matando cada vez que sigamos lucrando de los dramas ajenos. Seamos sinceros, en las últimas semanas hemos podido observar lo peor de la condición humana, y no me refiero necesariamente a Rosario. Beatas come-biblias haciendo vigilias religiosas, transeúntes anónimos convertidos en barristas y piquetes de linchamiento, expertos criminólogos convertidos en vedettes televisivas y ávidos lectores transformados en jueces sin rostro.
En pocas semanas podremos saber quién mató realmente a Ciro Castillo, si fue la propia naturaleza, su propia estupidez o la no tan astuta Rosario Ponce. Pero para entonces poco va a importar porque estaremos a la espera de una próxima víctima. Como diría Laura Bozo, que pase el siguiente muerto…
[1] Historiador de la PUCP y magíster de Ciencias Políticas de la USAL (España). Docente universitario. Todos mis escritos pueden leerse en: www.marcayuq.wordpress.com
Por: Héctor Huerto Vizcarra[1]
Hace poco ha aparecido el ranking de QS de las mejores universidades latinoamericanas en donde figura una relación de 200 universidades. En el primer puesto figura la Universidad de Sao Paulo de Brasil, mientras que en el segundo se encuentra la Universidad Católica de Chile, a la vez que la Universidad Autónoma de México está ubicada en el quinto lugar. A pesar de que no se trata de una medición totalmente confiable, empezado porque en la página web no figura la metodología seguida al momento de dar las calificaciones, este ranking representa una fotografía del nivel educativo superior de los distintos países de América Latina. Evidentemente, como dudarlo, Brasil tiene la hegemonía en el sector con 65 universidades dentro de esta lista. Le sigue México con 35 y, en un empate, Chile y Argentina con 25 universidades. ¿Y el Perú?
El impulso educativo en el país ha sido una constante en gran parte del siglo XX, tanto desde el Estado como desde la sociedad en general. Tanto es así que los inicios del siglo pasado están marcados por el debate en torno a la educación que llevaron a cabo Manuel Vicente Villarán y Alejandro Deustua, ambos intelectuales renombrados de la época, que estaba centrado en si había que darle mayor énfasis a la enseñanza básica de las masas o había que centralizar los recursos del Estado en la enseñanza superior de las élites del país. Si bien es cierto nunca se ha estudiado a profundidad la efectiva influencia de ambos personajes en el rumbo educativo del Perú, a pesar que ambos ocuparon puestos claves dentro de la administración pública a lo largo de sus vidas, pareciera ser que su influencia fue bastante pareja en la medida en que la universidad peruana se convirtió en la cuna de los principales líderes políticos del s. XX, quienes se fueron forjando alrededor del proceso de la reforma universitaria de 1919, a la par que a partir de 1940 el proceso de alfabetización se intensificó en la mayor parte del país, pasando del 60% de analfabetos al 39% en poco más de 20 años.
La educación en el Perú había pasado a convertirse desde el s. XX en sinónimo de progreso, movilidad social y estatus. Siendo la educación superior vista como una herramienta privilegiada y una finalidad altamente deseada a la vez. Aunque suene esto paradójico. Era una herramienta privilegiada en la medida en que para la primera mitad del s. XX tan solo con tener la educación primaria completa bastaba para ejercer la labor de maestro rural, como fue el caso de mis dos abuelas, con lo cual podemos fácilmente dilucidar las ventajas que podría haber traído para una persona y su entorno el acceso a la educación superior. Era a la vez una muestra de estatus puesto que solo las familias más acomodadas podían darse el lujo de enviar a sus hijos a las entonces pocas universidades que tenía el país. Para 1960, por ejemplo, solo habían 30,247 estudiantes universitarios, es decir, el 0.3% de la población en general.
Esto motivó que una vez satisfecha la necesidad de la educación primaria y secundaria, en buena parte de la población surgiera la necesidad de la educación superior, vista tanto como herramienta y como símbolo de estatus. Esto puede explicar en parte el crecimiento desmesurado de universidades privadas que aparecieron bajo el amparo del gobierno fujimorista, que respondían a esta visión de la educación superior como la panacea de los principales problemas del país, partiendo primero por solucionar las necesidades personales y familiares. Visión alimentada desde el propio Estado, por cierto, pero que carece de una constatación con nuestra realidad. Por tanto, responde mas bien a intereses económicos de determinados sectores que han encontrado en el rubro de la educación un negocio redondo. El empequeñecimiento del Estado en los noventas no hizo más que coadyuvar a este proceso.
Esto se hace evidente si constatamos que nuestra economía se encuentra incapacitada para incorporar a este sector de profesionales cada vez más creciente. Preguntémonos, cuántos profesionales existen actualmente en el país que no ejercen sus respectivas profesiones. ¿Cuántos de los 782,970 jóvenes que para el 2010 estudiaban en las universidades van a trabajar en sus respectivas especialidades? Con la actual Ley Universitaria que le otorga prácticamente carta blanca a los dueños o promotores de las universidades privadas del país y con la proliferación de universidades en todo el Perú nos encontramos en una situación caótica e hipercrítica. La decadencia de las universidades estatales, causada en gran medida por nuestra clase política, ha permitido la creencia de que la inversión privada en el sector educación promovería la eficiencia y la calidad. Nada más lejano de la verdad. Especialmente si miramos ese ranking elaborado por QS que ubica a solo 6 universidades peruanas entre las 200 mejores de la región: la PUCP en el puesto 34, San Marcos en el puesto 49, Cayetano Heredia en el puesto 75 y la Universidad de Lima entre los últimos cien, al igual que la UNALM y la San Martín de Porres. Nos referimos entonces a cuatro universidades privadas y dos estatales.
La realidad de la gran mayoría de universidades privadas de reciente creación es que no cuentan con la infraestructura necesaria para brindar una buena enseñanza y/o carecen de una buena plana docente para dictar los cursos. En el primer de los casos me he encontrado en mi novel experiencia docente con universidades que entregan diskettes a sus profesores para que pasen ahí las notas, cuando hace muchísimos años que las computadoras ni siquiera traen el compartimiento para leer diskettes puesto que están en desuso. Mientras que en el segundo caso, esto responde en gran medida a que los sueldos que pagan estas universidades a sus profesores están por los suelos. En las universidades más modestas pagan a un profesor 15 soles la hora de dictado. Esto es dramático si tomamos en cuenta que un amaestrador de perros cobra por hora como mínimo 20 soles.
En dichas universidades tampoco es de extrañar que las mallas curriculares se encuentren en constante cambio. Las mismas que responden más a las necesidades del mercado que a las necesidades académicas de las carreras que se están dictando. Tampoco es inusual que los dueños o promotores de dichas universidades se inmiscuyan directamente en la elaboración de dichas mallas curriculares o, incluso, en la elaboración de los sílabos de determinados cursos sin contar con la suficiencia académica necesaria para llevar a cabo tal labor. Como me pasó en una oportunidad cuando el dueño de una universidad, ingeniero de profesión, diseñó a su propio gusto y entender el sílabo del curso de Realidad Nacional. Con lo que queda claro que la libertad de cátedra para muchas de estas universidades ya pasó al olvido. Como nos lo dijo tajantemente este mismo ingeniero en una de las reuniones de coordinación del curso ya antes mencionado.
A pesar de todas estas falencias, estas mismas universidades son las primeras en añadir nuevas carreras sin contar con la suficiente capacidad como para llevar tales empresas a cabo. Respondiendo a las necesidades del mercado, dicen, pero sin responder a las verdaderas necesidades de sus alumnos. Los mismos que una vez acabadas sus carreras se van a dar con la ingrata sorpresa de que sus títulos profesionales no son nada competitivos en el mercado peruano, menos en el internacional. Porque seamos claros, el motor de ese tipo de universidades no gira en torno al aspecto académico sino a intereses varios que pueden ir desde lo económico, lo político, e incluso, lo religioso. Por lo que en la práctica, este tipo de universidades no hacen más que engañar a sus clientes, perdón, quise decir estudiantes. Están advertidos.
Links recomendados:
Ranking QS, tanto mundial como de América Latina
[1] Historiador de la PUCP y magíster de Ciencias Políticas de la USAL (España). Docente universitario.
Por: Héctor Huerto Vizcarra[1]

- Es momento de escoger por un país mejor
Para esta segunda vuelta electoral yo tengo muy claro cuál va a ser mi voto. Sin lugar a dudas voy a votar por Ollanta Humala porque Keiko Fujimori representa con su candidatura todo lo contrario a los valores democráticos que estoy acostumbrado a defender. Esto se evidencia desde el momento mismo de su elección como candidata presidencial –por ser hija de Alberto-, pasando por su mal desempeño en el Congreso, hasta ver la forma como hace política: reparto de víveres, desinformación, campañas psicosociales, control de medios de comunicación, entre otros. En un país diferente lo más probable es que Keiko solo represente una anécdota electoral, lamentablemente en el nuestro representa una real alternativa de gobierno.
Pero tampoco me engaño ni me dejo llevar por la euforia electoral. Humala no representa para mí una alternativa real de cambio. No posee un partido político estructurado con bases en las diferentes provincias del país. No tiene clara su propuesta ideológica y apela a ideas-consigna que en realidad pueden significar cualquier cosa. No es un mal candidato pero tampoco es uno bueno. Por eso, aunque vaya a votar por él yo no me la juego. Yo no voy a dar este 5 de junio un cheque en blanco para que puedan hacer con mi país lo que se les venga en gana. Y me refiero con esto a cualquiera de los dos candidatos.
Por eso quiero apelar a aquella juventud –la de los años y del alma– que se muestra crecientemente preocupada por nuestro futuro cercano. Aquella juventud que busca romper con el cinturón de acero que los medios de comunicación le han impuesto, para informarse mejor de lo que en realidad está sucediendo. Aquellos jóvenes disconformes con nuestra sociedad y críticos frente a nuestros paradigmas imperantes. Es momento de enterrar la apatía, pasarla al olvido. Nuestra coyuntura nos interpela constantemente desde años atrás: no basta con una sociedad civil movilizada ni con el ciudadano que solo hace política en las redes sociales. Es momento de crear partidos políticos y de forjar nuevas ideologías. De izquierda y de derecha.
Tenemos que repensar el Perú. Encontrar las respuestas a los muchos porqués que nos aquejan. Ser capaces de mirar al otro y reconocer a un compatriota. De mirar más allá del color de la piel o de la condición social. De construir incluso una ciudadanía global y democrática. De entender que el mercado no lo soluciona todo, ni la tecnología nos hace mejores personas. Para mí repensar el Perú significa votar este 5 de junio con la conciencia de que al día siguiente intentaré forjar una alternativa política que verdaderamente me identifique. Que abogue por una democratización real de nuestra sociedad y acabe con la hegemonía política del pragmatismo y el cinismo. Es momento de actuar.
[1] Historiador de la Pontificia Universidad Católica del Perú y magíster de Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca (España). Docente a tiempo completo de la Universidad Científica del Sur. http://marcayuq.wordpress.com y http://ahorahistoria.blogspot.com
