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la palabra ingenua:¡Pero cuál guerra, por dios! La urgencia de legalizar las drogas

04/16/2007

Por: Paul Maquet

Los titulares de todos los periódicos esta semana repiten como un sosonete dos palabras escalofriantes: “guerra” y “bombardear”. ¿Es esa la política antidrogas que ha escogido el Gobierno? ¿Que las Fuerzas Armadas peruanas bombardeen y le hagan la guerra a otros peruanos? O, como dice hoy el caricaturista Alfredo queriendo ser sarcárstico y justificando el “bombardeo”, a “unos pobrecitos compatriotas que envenenan a medio mundo para alimentar a los suyos”.

Los analistas más “serios” pretenden complejizar el problema y recomiendan acompañar la “necesaria” política represiva con una serie de acciones para reactivar el agro, acercarse a la población, incrementar la presencia de las instituciones “sociales” del Estado en las zonas cocaleras, etc… Así, dicen, se resolverán los problemas de fondo y se evitará que el Perú caiga en situaciones de descontrol y altísima criminalidad como ocurre en México o Colombia.

La alternativa que aquí vamos a proponer no tiene ni un pequeño espacio en los medios de comunicación (¡alabada sea la pluralidad informativa!), pese a que es la única que realmente enfrenta el problema de fondo de la “criminalidad”. Al menos, así lo vemos desde hace años muchísimas personas alrededor del mundo. En la vida y en la política existen numerosos temas que pueden ser discutibles (cuál debe ser el sueldo de los alcaldes, cómo podemos mejorar la educación, etc.). Pero existen otros temas que NO pueden ser discutidos: temas que para el sentido común de las personas “son así” y punto. Por ejemplo, hace cincuenta años en el Perú no tenía sentido discutir sobre si las mujeres podían votar o no podían votar en las elecciones. Para la “opinión pública” eran los hombres quienes debían intervenir en política, porque así era la naturaleza de las cosas. Ya es hora de que nos atrevamos a desafiar ese “sentido común” respecto al tema de las drogas, y que nos preguntemos abiertamente: ¿Por qué están prohibidas? ¿Ha servido de algo que la región andina se haya embarcado hace 30 años en esta guerra?

Por lo tanto vamos a necesitar, amigo lector, que usted se anime a retirarse por un momento las anteojeras que nos han sido impuestas por décadas de propaganda, discursos políticos e “información objetiva” a través de los medios de comunicación. Aunque de arranque no comparta nuestro punto de vista, anímese a considerar nuestros argumentos por un momento. Luego, podrá sacar sus propias conclusiones.

Debo comenzar haciendo notar que estos argumentos no tienen como objetivo explícito ni oculto defender a los narcotraficantes o promover la venta de cocaína. Para dejarlo en claro de una vez: no consumo cocaína. Precisamente ese es el punto central: ¿Por qué no consumo cocaína? ¿Porque está prohibida? La importancia de esta pregunta es crucial, porque tiene una segunda intención: ¿la política antidrogas que viene aplicando el Estado peruano desde que en 1978 se dictó la ley 22095 de control de drogas (que sigue vigente)… ha servido para algo?

La verdad, la pura verdad (y esto lo puedo responder yo y lo puede responder cualquier chico de cualquier barrio de Lima, de cualquier condición social y nacido en el seno de cualquiera de las millones de familia que viven en nuestra ciudad) es que si uno no consume cocaína es por que no le da la regalada gana. O porque le da miedo, o porque siente que es socialmente censurable. Y quien la consume lo hace por los motivos contrarios: porque le da la regalada gana, porque le da más curiosidad que miedo o porque siente que en su entorno social-amical “es chévere”, es aceptado. El hecho de que la comercialización de este producto esté prohibida no tiene nada que ver en la decisión. A lo mucho, dificulta un poco la compra, pero no la impide en absoluto. Quien en este momento desee conseguir cocaína, pasta básica, marihuana o cualquier otra droga prohibida puede hacerlo solo averiguando por los punto de venta, precios y calidades a través de sus conocidos que las consumen o que las han consumido.

Entonces (y esta es la otra pregunta crucial) ¿Para qué sirve la prohibición? ¿Para qué demonios tenemos millones de dólares botados al agua en armas, policías, fiscales, jueces, cárceles y, ahora, bombas y combustible para aviones… si lo que estamos diciendo es que la prohición no le impide a ningún ciudadano de este país comprar la droga que le venga en gana?

Para elevar el precio. Así de simple. Si hoy día un gramo de cocaína cuesta en las calles de Nueva York alrededor de 100 dólares no es porque los costos de producción sean elevados. Con la arroba de coca, en el mejor de los casos, entre 50 y 70 soles, más los insumos químicos, más la mano de obra, más el transporte… no debería ser tan cara. ¿Cómo así se encarece tanto el producto? Simple: porque la actividad es ilegal. Porque para cultivar, para transformar, para transportar y para vender se tienen que sortear inumerables obstáculos, se necesitan grandes inversiones de capital y se requiere poner a prueba la imaginación, como lo comprueban todos los días los efectivos de la policía antidrogas.

Ojo: no estoy diciendo (hay quien lo dice) que la política represiva sea una estrategia “a propósito” para favorecer a las grandes mafias de la droga al generar un negocio artificialmente. Digo que esto es lo que realmente ocurre, muy al margen de la intención que tengan quienes impulsan la política represiva. El punto es claro: si el narcotráfico como negocio multimillonario existe, es porque es ilegal. En un sistema globalizado de libre mercado (que es el sistema en el que, objetivamente, estamos inmersos hoy por hoy), tenemos un elemento que artificialmente eleva los precios del producto, incentivando de esa manera su producción: la prohibición.

Por lo tanto, la mejor manera de “combatir” el narcotráfico es legalizando la droga. ¿Se imaginan el pánico financiero de los grandes señores de la droga cuando se les diga que el día de mañana los precios de su mercancía van a caer desde las cifras astronómicas que hoy manejan hasta las cifras comunes y corrientes de cualquier “droga” que se vende en las farmacias? La objeción que quizás a muchos lectores les estará surgiendo en este momento es: en ese caso, siendo la droga mucho más barata y ya no estando prohibida, ¿no se dispararía el consumo de drogas? Pasaremos a evaluar esa posibilidad un poco más adelante. Esa objeción se refiere al aspecto estrictamente médico (o social, según las opiniones) del problema de las drogas. En efecto, este es un problema que tiene múltiples aristas y quien diga que tiene una solución mágica para todas ellas simplemente está mintiendo. Pero en esta parte del presente artículo quiero dejar en claro la solución que estamos proponiendo para el aspecto policial del problema y para todos los aspectos derivados del mismo (la corrupción, la violencia, la delincuencia, el surgimiento de grandes mafias todopoderosas, etc.). Nuestra lógica es muy simple: el narcotráfico es un negocio tan apetitoso como para llevar a la gente a armarse, a tragarse cápsulas con cocaína para pasarlas por el aeropuerto, a comprar jueces, militares, policías y políticos, a mandar matar a los delatores, etc. ¿Por qué? Porque está prohibido. Es un tema económico: la prohibición eleva los precios y los precios elevados traen consigo la posibilidad de hacerse millonario de la noche a la mañana. Eliminemos la prohibición. Esa no es la fórmula para eliminar la drogadicción ni tampoco para resolver la crítica situación del agro peruano ni tampoco para reivindicar la hoja de coca como patrimonio nacional. No. Esos son otros problemas distintos. Pero la eliminación de la prohibición traerá consigo la desaparición de las mafias, pues la comercialización de drogas dejará de ser un negocio atractivo.

Con esta decisión nos ah
orraremos, además, una serie de problemas colaterales. Para comenzar, las actividades de quienes se dedican al tráfico de drogas van a estar más controladas. En efecto, los productores y comercializadores van a verse obligados a pagar impuestos, a garantizar la calidad de su mercancía, a dar un buen trato a sus trabajadores, etc. Vamos a tener mucha mayor información acerca de cuánta droga se produce, en dónde se comercializa, cuántos la consumen. Y los traficantes no van a tener motivo para no declarar porque sabrán que no van a ser detenidos o denunciados por ello. Con lo cual, no va a tener ningún sentido que inviertan parte de sus recursos en estar armados, de forma que la violencia desaparecerá. Nuestras cárceles dejarán de alojar a decenas de “burriers” de todos los países del mundo, inofensivos muchachos que están presos por la combinación de su ambición por el dinero fácil y el absurdo sistema legal que considera delito trasladar un producto de un lugar a otro. Dejará de ser necesario comprar a los jueces para ganar impunidad, por la sencilla razón de que no habrá juicios por narcotráfico. Desaparecerá una de las principales fuentes de corrupción de nuestro sistema policial, militar y político.

Lo que estamos diciendo, en resumen, es que el aspecto delictivo del tema de las drogas es un aspecto que se crea de manera artificial mediante la prohibición. Eliminemos esa prohibición y el aspecto delictivo se esfumará, así como apareció hace unos 30 años cuando EEUU inició con fuerza su política antidrogas y la impuso en Latinoamérica y el mundo.

Nos quedarán los otros aspectos: la drogadicción, el problema agrario y el tema de la hoja de coca y su revalorización. De manera breve haré unos apuntes sobre estos temas.

Comienzo por el último. Una cosa es tener una política para el tema de las drogas, y otra cosa muy diferente es tener una política al respecto de la hoja de coca. La hoja de coca no es una droga: no es adictiva, no produce transtornos en la percepción ni en los estados de conciencia, no tiene efectos nocivos para la salud. Por lo tanto, en primer lugar, la política sobre la drogadicción y la política referida a la hoja de coca deben estar contenidas en leyes distintas. Es decir, la ley 22095 que el próximo año cumple 30 años de vigencia y que fue establecida por la dictadura militar debe ser derogada. Esa ley dice la siguiente barbaridad: “la producción ilícita de drogas, su consumo, comercialización (…) y la masticación de la hoja de coca, constituyen un grave problema social que es necesario superar”. ¿Estaremos de acuerdo con que la masticación de la hoja de coca no es un problema, verdad? Es impresionante la carga eurocéntrica y racista que contiene esta ley, que desprecia una costumbre andina valiosísima. Esa ley no tiene ni pies ni cabeza. No sé qué esperan los congresistas nacionalistas, algunos de ellos connotados dirigentes del movimiento cocalero, para plantear la derogación de la misma.

La hoja de coca, cuyo valor nutricional y médico están científicamente demostrados, debe ser revalorada por el Estado y la sociedad. ¿Por qué? Primero, porque una política de Estado no puede estar fundamentada sobre una mentira, y la concepción de que la coca es una droga o es nociva es errada. Y, en segundo lugar, porque con esta actitud absurda estamos desperdiciando un recurso estratégico que puede contribuir, y mucho, a mejorar nuestros niveles de nutrición. Le estamos regalando a los productores de droga una materia prima de un valor enorme. Una política de promoción del consumo natural y de la industrialización alternativa de la hoja de coca no es competencia para el narcotráfico, lo sabemos. Mientras el gramo de cocaína siga a 100 dólares, una galleta de coca no va a ser competitiva. Pero (además de que ya sabemos cómo podríamos reducir drásticamente el precio de la cocaína) aquí no se trata de eso, sino de cómo los países andinos podemos utilizar inteligentemente este recurso bendito, la hoja de coca, para promover el desarrollo de nuestros pueblos. Fernando Rospigliosi, en su simplismo insoportable, dice que “la hoja de coca sabe feo y huele feo” y que por lo tanto no tiene ninguna posibilidad de éxito comercial. La progresiva expansión del mercado alternativo de productos en base a hoja de coca está desmintiendo, en los hechos prácticos, esa sandez. Enhorabuena. Si esto se está logrando gracias al impulso de activistas y productores que poco a poco sacan adelante este mercado alternativo, ¿qué no se podría hacer a través de una política pública inteligente?

En segundo lugar hablemos del tema agrícola. Hoy por hoy, la hoja de coca es la caja chica de los agricultores y eso lo reconocen hasta ellos mismos. Pero, como decíamos más arriba, eso es natural si estamos jugando las reglas del libre mercado. Para que un agricultor de San Gabán, por poner un ejemplo, tenga éxito comercial cultivando café, necesita una carretera en buen estado que le permita llevar su producto a la ciudad, necesita créditos y asesoría técnica, necesita luchar contra el trust internacional de las grandes compañías cafetaleras que tiran los precios hacia abajo… En cambio, para vender hoja de coca necesita sentarse en su chacra a esperar que vengan los acopiadores y le paguen 50, 60 o 70 soles. No hay forma de competir con eso (al menos, con la cocaína con los precios que tiene actualmente). Si queremos competir con esos precios de la cocaína necesitamos reactivar la agricultura, con una política agresiva que provea de infraestructura, apoyo técnico, financiamiento, mercados y, por supuesto, proteja a los agricultores de la competencia desleal de los productos subsidiados de EEUU y Europa. Pero más aún: si, como estamos proponiendo, eliminamos la prohibición y logramos que los precios de la coca caigan dramáticamente, dejaremos a los campesinos inclusive sin esa caja chica que les permite sobrevivir en medio de su crítica situación. La pobreza en el campo es una tragedia para un país como el nuestro que era agrícola por excelencia y que ahora produce poco y lo poco que produce no tiene cómo venderlo a precios razonables. Cualquiera sea la estrategia antidrogas que sea utilizada, la inversión en el agro es urgente y es un paso sin el cual nada funcionará.

Hemos dejado para el último el que tal vez sea el tema más polémico: la drogadicción. La respuesta más común a la pregunta que hicimos al inicio, por qué están prohibidas las drogas, es que causan adicción y son un problema social. Hemos dicho que la prohibición no tiene la capacidad de inhibir a nadie de consumir drogas y, por lo tanto, deja abierta la posibilidad de que los consumidores caigan en la adicción. Por eso es que decimos que la prohibición no sirve para nada o, al menos, no sirve para los objetivos que supuestamente se propone, es decir, prevenir la adicción. Pero, ¿acaso si deja de haber prohibición no crecerá mucho más el consumo y la adicción?

Sobre esto diré tres cosas.

La primera es que, en las experiencias de legalización de drogas existentes en el mundo, no hay datos que sostengan que el consumo puede dispararse. Inicialmente, sí, se produce un aumento del consumo. Pero luego cae, incluso a niveles menores que los que existían antes. Al parecer la prohibición, además de elevar artificialmente los precios, eleva también de manera artificial la expectativa en el consumo de drogas.

La segunda es que la adicción ES UN PROBLEMA MÉDICO. ¿A quién se le ha ocurrido luchar contra los productores de uva o caña para acabar con el alcoholismo? ¿Quién propone nombrar a un jefe policial para emprender la guerra contra la tuberculosis? Suena insensato, ¿verdad? Pero esto es justamente lo que estamos haciendo en el tema de las drogas. Las fuerzas represivas del Estado son las encargadas de enfrentar un problema que es, antes que nada, de salud pública. Si el enemigo es la enfermedad llamada adicción a las drogas (que no su consumo
eventual), entonces las armas deben ser políticas de salud, médicos, centros de rehabilitación… Es más: legalicemos las drogas, castiguemos su consumo con un impuesto selectivo elevado (como se hace con la cerveza) y, con ese dinero, como me hacía notar un amigo, ¡podemos abrir un centro de rehabilitación en cada esquina!

Por último: ¿Por qué la gente consume drogas? Bueno, los motivos son muchos y sería un simplismo señalar uno solo. Uno puede consumir drogas porque le provoca, porque le gusta, porque le da la gana, por probar, para escapar de una situación tensa… Por ello, quizás la pregunta más acertada es: ¿Por qué en nuestras sociedades empieza a proliferar el consumo de drogas, cosa que ocurría en una escala mucho menor en otras sociedades? ¿Qué tensiones, qué frustraciones, que insatisfacciones con la vida ocasiona nuestro modo de organizarnos en sociedad? ¿No habrá algo muy podrido en nuestro sistema, algo contra lo que todos los bombardeos del mundo no pueden hacer nada?

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2 comentarios leave one →
  1. aLLySsOn permalink
    04/21/2007 11:45 PM

    Hola Paul…

    Antes q nada envio un cordial saludo…

    He leido tu post y me parece muy interesante, sobre todo porque cabe destacar q mencionas a México (y Colombia) como si viviesemos en un país terrorista, o peor que en Irak…

    Soy mexicana, y tengo q dcir, q entiendo tus comentarios, incluso puedo compartir algunos puntos de vista, pero debo aclarar q, si tal vez algunas personas venden droga por necesita (la droga que sea) pero es mínima la cantidad que reciben a lo que realmente son las ganancias, en todo caso las q reciben los narcotraficantes, y deja de eso, el poder que manejan estas personas, y es que ya no es solo que se dediquen solo a vender drogas, sino que matan personas, tranfican otras cosas, prostitución etc… y algunas veces solo por gusto, es decir, si le caes mal a un narco… olvidalo, mañana no vives para contarlo, o sea tal vez haciendo legales las drogas se acabe este tipo de mafias, porque ya no habria forma de que se hicieran ricos, pues las personas adictas pagaban (o pagan) grandes cantidades por conseguir lo que querian…

    En fin, tal vez me desvié un poco e hice muy largo el comentario…
    Solo aclarando, que México no es como lo pintan, necesitas conocer para poder hacer una critica…

    Saludos afectuosos, desde México =)

  2. 05/23/2007 11:58 PM

    Allyson!
    Hola!

    Espero me disculpes si te pareció que me refería a México como si fuera un país asolado como Irak. Lo que quise hacer es remedar de manera critica lo que nos venden nuestros politicos, que efectivamente comparan Perú con México o Colombia como si fueran tierra de nadie. Yo no creo que sea así, sino que nos venden totnterías para que les hagamos caso a sus politicas absurdas. Como la prohibicion de las drogas: en serio, yo creo que la legalizacion es la mejor forma de acabar con las mafias, corrupcion, etc.

    Un abrazo, y grazia por tu comentario,

    Pol

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