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IV Crónica desde el avispero: señales desde Italia

01/03/2008

Nunca me ha gustado viajar en los días de las grandes fiestas, no importaba el lugar o las condiciones en que se me ofreciera el viaje, casi siempre decidía quedarme en casa. Las únicas excepciones siempre han sido las personas que más quiero: mi familia. Mi concepto de familia incluye a mis amigos más cercanos, que no son hermanos de sangre sino de ruta. De esa manera hace dos años atrás viajé rumbo a Huánuco para pasar el año nuevo. Es curioso recordar esto desde tan lejos, cuando diminutos copos de nieve se suicidan en la acera de afuera.

Las circunstancias de mi último viaje se dieron dentro de muchas excepcionalidades: viajar en fiestas, volver a ver a mi hermana mayor, conocer a una familia maravillosa y a una persona interesante. En este caso, conocer Italia ha sido lo menos importante para mí. El comienzo del mismo se dio con la contradicción de siempre, la modorra del cuerpo frente al deseo de la mente. Aún así hubo un buen presagio. Pocos días antes, en medio de una frustración tormentosa porque nadie podía pagar la cuenta del internet en mi departamento, encontré encima del recibo correspondiente un juego de medias de nylon negras. Las posibilidades de entender ese falso mensaje regocijaron mi mente cansada. Justamente una de mis compañeras de piso no me había dado su parte de la cuenta.

Con el ánimo restablecido me encaminé a un nuevo destino: la tierra que acoge a mi hermana. El viaje hasta Milán no tuvo mayores inconvenientes, salvo el retraso de tres horas en el aeropuerto de Barajas. En Milán comenzaron mis problemas. No solo estaba solo en un país ajeno al mío, estaba en un país en donde sentía que casi nadie me entendía. Me hice comprender tras varias batallas lingüísticas, donde a duras penas pude salir airoso. Acampé luego por más de dos horas en el suelo de un tren repleto de personas, lo cual me hizo sentir en casa, en el pasillo de salida de uno de los vagones. El frío consumió mis huesos y me sentí solitario hasta llegar a Bologna. Por primera vez, fui el emigrante que pude ser al no contar con el empeño de mis padres.

Bologna es una ciudad muy parecida a Salamanca. Ambas son ciudades donde el presente carece de sentido, ciudades imprescindibles para visitar pero donde es imposible vivir por siempre. Uno puede convertirse en un retazo más de tiempo, una caricatura a medio dibujar. Es fácil vivir en ciudades así, cuando uno no deja de ser un visitante, ya que en cualquier momento los minutos se pueden tornar en siglos. Si nos mimetizamos con las antiguas murallas corremos el peligro de convertirnos en gárgolas de piedra o en mallquis andinos.


En Bologna conocí a mi otra familia, en su hogar encontré el verano ausente de mi melancólica Lima. Pronto me di cuenta del corazón de esa ciudad histórica: su gastronomía. Mi paladar se vio inundado de sabores dulces, salados, agrios, e incluso, picantes, hasta el hartazgo. Pastas, carnes, guisos, quesos y vinos se reemplazan diariamente en mi estómago. Temo haber subido demasiados kilos.

Conocí también los cimientos de una sociedad dividida por numerosos dialectos, territorialmente distantes como de ir del centro de Lima a La Punta. Es como si el Perú tuviera tantas Arequipas como regiones tiene o más. Otra particularidad es que los italianos del norte desprecian a los del sur tanto como los de Lima desprecian a los de provincias. Recién en este continente me he dado cuenta que el Perú puede ser el país más centralista del mundo. Lo curioso es que, sin darnos cuenta, nos enorgullecemos de ello. Paradójicamente se puede amar y odiar a la vez al Perú, tanto como si estuviéramos en Lima, salvo que en Lima nos ahorramos el pasaje.

Hoy hace mucho frío en Bologna, casi está nevando, ya que al parecer el tiempo aún no se decide. He vuelto a Bologna después de pasar la noche en otra ciudad mucho más parecida a Lima. Tiene un cielo gris y opaco casi permanente en invierno. Además de eso Modena es una ciudad de mucha neblina, indecisa ante la modernidad y el pasado. También es la ciudad de una princesa reluciente.

La baja temperatura frustró mi paseo turístico por Modena y no me dejó seguir caminando por Bologna. En la casa de mi hermana no hay nadie quien me reciba y me he convertido en el primer refugiado del frío, en una cafetería de San Lázaro, el pueblo en donde vivo momentáneamente.


Antes, mientras deambulaba infructuosamente para vencer al tiempo, en calles que en mi vida había conocido, ni conoceré nuevamente, una nueva señal consiguió robarme otra sonrisa. En una esquina perlada de nieve y autos congelados, un letrero me anunciaba un futuro incierto: via Modena. El regreso al pasado o el futuro retorno.

San Lázaro, Jueves 3 de enero.

Pd. Feliz cumpleaños Johanna y Coco. Los quiero mucho. Ya lo sé Coco, tenías razón.

Fotos: La primera es de Johanna Huerto, las otras dos son propias.

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2 comentarios leave one →
  1. Jomihannala permalink
    01/03/2008 5:16 PM

    “mike” ya colgue la foto pa esta cronica en mi blogg a ver fijate pes!!!!
    =D

  2. Sandy permalink
    01/10/2008 9:51 AM

    me gusta mucho como escribes, sigue por favor, dejas abierta la nostalgia limeña en cada palabra. Siempre me pregunte que era peor, si irse o quedarse?, hoy creo que lo peor es regresar, pero es un mal necesario. besos

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