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Una vieja hermandad ha regresado de las cenizas

06/13/2012

Por: Héctor Huerto Vizcarra

Los más puntuales!

Nos veíamos distintos, más viejos, cansados, gordos y canosos, pero en el fondo seguíamos siendo los mismos. Íbamos corriendo detrás de una pelota como nuestros años de colegio, intercambiando bromas mientras esbozábamos algunos quiebres de cintura, amagábamos la pelota e intercambiábamos pases a profundidad. Algunos ya no corríamos tanto como antes y el aliento nos faltaba a cada instante. No habían pasado trece años en vano desde que termináramos el colegio, pero no importaba, estábamos juntos de nuevo, corriendo detrás de una pelota en una cancha del colegio. ¿Se podía pedir algo mejor que eso?  Volver a sentir que uno es un adolescente sin responsabilidades y con amigos sinceros.

La gran mayoría de nosotros no nos habíamos vuelto a ver en todo ese tiempo. Algunos incluso ya habían formado familia, tenían hijos, mujer, responsabilidades mayores que trece años antes nunca pensamos vivir. A lo sumo pensábamos en ingresar en alguna universidad, en echarnos un polvo y en elegir una carrera donde estudiar. Aunque claro está, no faltaba una excepción. Angelo se nos adelantó a todos y tuvo su primer hijo en el último año de secundaria. El primero de una gran lista de sobrinos que todavía nos falta por conocer.

Y digo sobrinos porque creo que todos en el salón nos debiéramos considerar como hermanos. Algunos más insoportables que otros, algunos más graciosos, algunos más ingratos, algunos más excéntricos, pero hermanos al fin y al cabo.  En vano no hemos pasado tantos años juntos, compartido nuestras primeras experiencias de vida y forjado nuestros caracteres juntos. Si bien el destino nos unió al azar, solo nuestro compromiso y lealtad puede mantenernos juntos, como hermanos.

Y ninguno de los veintiuno, que logramos reunirnos en distintos momentos del sábado 9 de junio, podrá negar esta sumatoria de sentimientos encontrados que nos embargaron en distintos momentos de ese día. Ninguno pudo evitar ver al otro y recordar nuestras palomilladas del pasado, e incluso recordar aquellas viejas rencillas, porque la etapa del colegio nos ha quedado marcada de por vida, aunque pretendamos negarla. Por eso, cuando entonamos el himno del colegio en la casa de Tito, todos lo hicimos a todo pulmón, a pesar de que con las justas recordábamos sus letras. Nosotros que odiábamos cantarlo después de los recreos. Qué paradoja tan grande.

Varios se emborracharon de alegría. Dongo terminó vomitando por toda la casa del pollo. Vitucho andaba cacheteando a medio mundo, incluidas las pelotas del pollo, antes de irse a dormir al segundo piso. Chumpi iba y venía constantemente de su casa a la casa del pollo para continuar con la chupeta, olvidando su casaca o mochila adrede. La rata dejó abandonada a su chica del día para volver a la chupeta y terminar la noche con nosotros. Aunque todavía no nos queda claro donde la dejó encerrada esta vez. Parrita llevó el video de la fiesta de promo para recordar los buenos tiempos y las malas parejas que algunos llevamos. Carlos, el mimo, recordaba sus momentos en el crucero y hacía de mozo, llevando y trayendo botellas de cerveza, en un ir y venir interminable. Renato promocionaba su nuevo artilugio para aumentar la potencia sexual, mientras Alan disimuladamente tomaba notas de las enseñanzas de su maestro. Para terminar con un Morocho entonando unos sones y armando la jarana, que ya para entonces se configuraba en épica.

Fuimos veintiuno, reitero. Desde Inglaterra se hizo presente Ronald Olórtegui, mientras que desde su casa llegó Jorge Alarcón. Estuvieron también Hernán Pereda, Renzo Arenas, Ronald Chumpitaz, Luis Morocho, Víctor Medina, José Antonio Parra, Alan Sánchez, Andrés Parra, Roberto Muñoz, Augusto García, Carlos Díaz, Manuel García, Renzo Espinoza, Jhon Tuesta, Renato Espinoza, Miguel Lozano, Ian Sánchez, Angelo Dongo y quien escribe esto, Héctor Huerto. Pero hubo grandes ausencias, los más de treinta compañeros que compartieron aulas con nosotros en aquello años.

Por lo pronto, seguiremos recordando el evento hasta el 18 de agosto, cuando nos veremos nuevamente en el colegio para jugar otra pinchanguita. Y no se vale no jugar aunque sea un momento, como hizo Andrés quien al final entró a la cancha, ni dejar encerradas a las novias en sus autos. ¡Salve colegio Claretiano!  Mientras haya trago y buenos amigos. Salud.

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